| Creencias Fundamentales |
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Este sumario de creencias doctrinales fue preparado especialmente para la instrucción de los candidatos al bautismo (véanse las pp. 28-34). 1. El Dios verdadero y viviente, la primera persona de la Deidad, es nuestro Padre celestial, y él, por medio de su Hijo Jesucristo, creó todas las cosas (Mat. 28:18, 19; 1 Cor. 8:5, 6; Efe. 3:9; Jer. 10:10-12; Heb. 1:1-3; Hech. 17:22-29; Col. 1:16-18). 2. Jesucristo, la segunda persona de la Deidad, e Hijo eterno de Dios, es el único Salvador del pecado; y la salvación del hombre se efectúa por gracia, por medio de la fe en él (Mat. 28:18, 19; Juan 3:16; Miq. 5:2; Mat. 1:21; 2:5, 6; Hech. 4:12; 1 Juan 5:11, 12; Efe. 1:9-15; 2:4-8; Rom. 3:23-26). 3. El Espíritu Santo, la tercera persona de la Deidad, es el representante de Cristo en la Tierra, y lleva a los pecadores al arrepentimiento y a la obediencia de todos los preceptos de Dios (Mat. 28:18, 19; Juan 14:26; 15:26; 16:7-15; Rom. 8:1-10; Efe. 4:30). 4. Por medio de Cristo los creyentes reciben el perdón de los pecados abandonados y confesados, y por los cuales hicieron restitución según sus posibilidades (Efe. 1:7; Col. 1:14, 15; 1 Juan 1:7-9; Isa. 55:6, 7: Eze. 33:15; Mat. 5:23, 24; 6:14, 15). 5. La Biblia es la Palabra inspirada de Dios, y es la única regla básica, completa y suficiente de fe y práctica (2 Tim. 3:15-17; 2 Ped. 1:19-21; Sal. 119:9, 11, 105, 130; 1 Tes. 2:13; Isa. 8:20; Jer. 15:16; Heb. 4:12). 6. Todos lo que entren en el reino de los cielos deben haber experimentado la conversión -o nuevo nacimiento- por medio del cual el hombre recibe un nuevo corazón y llega a ser una nueva criatura. De este modo llegamos a ser miembros de la "familia en los cielos y en la tierra", independientemente de nuestra ascendencia étnica o de nuestra posición social (Mat. 18:3; Juan 3:3; 2 Cor. 5:17; Eze. 36:26, 27; Heb. 8:10-12; 1 Ped.1:23; 2:2; Hech. 17:26; Efe. 3:15). 7. Cristo mora en el corazón regenerado y escribe en él los principios de la ley de Dios, llevando al creyente a deleitarse en obedecer sus preceptos e impartiendo poder para esa obediencia (2 Cor. 6:16; Sal. 40:8; Heb. 8:10-12; Juan 14:15; Col. 1:27; 3:16; Gál. 2:20; Efe. 3:14-21). 8. Cristo, después de su ascensión, comenzó su ministerio como Sumo Sacerdote en el Lugar Santo del santuario celestial, santuario que había sido representado en la Tierra por el tabernáculo terrenal de la primera dispensación. Cuando Cristo entró en la segunda fase de su ministerio, en el Lugar Santísimo del santuario celestial, se inició una obra de juicio investigador, prefigurada en el santuario terrenal por el servicio llevado a cabo durante el Día de la Expiación. Esa obra del juicio investigador comenzó en el santuario celestial en 1844, al finalizar los 2.300 años, y terminará en el fin del tiempo de gracia (Heb. 4:14; 8:1, 2; Lev. 16:2, 29; Heb. 9:23, 24; Dan. 8:14; 9:24-27; Apoc. 14:6, 7; 22:11). 9. La segunda venida de Cristo es la esperanza de la iglesia, es la culminación del evangelio, es la meta del plan de redención, y entonces Jesús vendrá literal, personal y visiblemente con todos sus santos ángeles.Muchas señales de los tiempos testifican de que su venida está próxima. Y el cumplimiento casi completo de todas las diversas cadenas proféticas indica 10. Los justos muertos resucitarán al volver Cristo por segunda vez y, junto con los justos que estén vivos, serán arrebatados para encontrarse con el Señor en los aires e irán con él al cielo, donde pasarán mil años, período conocido con el nombre de milenio (Apoc. 1:7; Juan 5:25, 28, 29; Ose. 13:14; 1 Cor. 15:51-55; 1 Tes. 4:13-18; Juan 11:24, 25; 14:1-3; Apoc. 20:6, 4, 5; Isa. 25:8, 9). 11. Los impíos que estén vivos cuando él venga serán muertos por el resplandor de su venida y, junto con los impíos muertos de todos los siglos, esperarán la segunda resurrección, al final de los mil años (2 Tes. 1:7-10; 2:8; Jud. 14, 15; Apoc. 20:5, 12, 15; Juan 5:28, 29; Hech. 24:15; Isa. 24:21, 22). 12. Al finalizar los mil años ocurrirán los siguientes acontecimientos: (a) Cristo y los redimidos descenderán del cielo con la santa ciudad, la nueva Jerusalén (Apoc. 21:2, 10); (b) todos los impíos resucitarán para enfrentar el juicio final (Apoc. 20:11, 12); (c) los impíos recibirán la paga final del pecado por medio del fuego de Dios que descenderá del cielo para 13. La tierra, purificada por el fuego y renovada por el poder de Dios, será la morada eterna de los redimidos (2 Ped. 3:9-13; Isa. 65:17- 25; 35:1-10; 45:18; Mat. 5:5; Mal. 4:1-3; Prov. 11:31). 14. El séptimo día de la semana es la señal eterna del poder de Cristo como Creador y Redentor, y es, por lo tanto, el día del Señor, o sea, el día de descanso cristiano, constituyendo el sello del Dios vivo. Debe observarse desde la puesta del sol del viernes hasta la puesta del sol del sábado (Gén. 2:1-3; Éxo. 16:23-31; 20:8-11; Juan 1:1-3, 14; Eze. 20:12, 20; Mar. 1:21-32; 2:27, 28; Isa. 58:13, Luc. 4:16; 23:54-56; 24:1; Hech. 17:2; Heb. 4:9-11; Isa. 66:22, 23; Lev. 23:32). 15. El matrimonio es una de las instituciones establecidas por Dios en el Jardín del Edén, antes que el pecado entrara en el mundo. Jesús honró la institución del matrimonio y defendió su santidad y permanencia. El Nuevo Testamento confirma reiteradas veces la naturaleza sagrada de la relación matrimonial, y dice que se debe ingresar en ella con el compromiso de practicar la fidelidad y la pureza moral durante toda la vida. Las intimidades sexuales entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio, o entre miembros de un mismo sexo, son contrarias al plan divino y condenadas en la Biblia como pecado. Los seguidores de Jesús mantendrán, por su gracia, la pureza moral dentro de las directrices bíblicas concernientes a las relaciones sexuales. "La voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación" (1 Tes. 4:3). El esposo y la esposa cristianos deben amarse y respetarse mutuamente, tal como Dios los ama y los respeta. Se les ordena amar y respetar a sus hijos, tratándolos con bondad, y enseñándoles a amar y servir a Dios. 16. El diezmo es cosa santa para el Señor, es la provisión hecha por Dios para el sostén de su ministerio. Las ofrendas voluntarias son también parte del plan de Dios para el sostenimiento de su obra en todo el mundo (Lev. 27:30-32; Mal. 3:8-12; Núm. 18:20-28; Mat. 23:23; Prov. 3:9, 10; 1 Cor. 9:13, 14; 2 Cor. 9:6, 7; Sal. 96:8. Véanse las pp. 15, 33, 34, 55, 168-174). 17. La inmortalidad se alcanza solamente a través del evangelio, y es un don de Dios que será concedido en ocasión de la segunda venida de Cristo (1 Cor. 15:21, 22, 51-55; Sal. 146:3, 4; Ecl. 9:5, 6, 10; 1 Tim. 6:15, 16; 2 Tim. 1:10; 1 Juan 5:11, 12). 18. La condición del hombre durante la muerte es la inconsciencia. Todos los hombres, buenos y malos por igual, permanecen en la tumba desde la muerte hasta la resurrección (Ecl. 9:5, 6; Sal. 115:17; 146:3, 4; Job: 14:10-12, 21, 22; 17:13; Juan 11:11-14; 1 Tes. 4:13; Juan 5:28, 29). 19. Al cristiano se lo llama a la santificación, y su vida debe caracterizarse por una conducta cuidadosa y por la modestia y sencillez en el vestir (1 Tes. 3:13; 4:3, 7; 5:23; 1 Ped. 2:21; 3:15, 3-5; Isa. 3:16-24; 1 Cor. 10:31; 1 Tim. 2:9, 10; véanse las pp. 15, 184-190 de este Manual). 20. El cristiano debe reconocer su cuerpo como templo del Espíritu Santo. Por lo tanto, honrará a Dios cuidándolo inteligentemente, participando con moderación de lo que es bueno y evitando el uso de lo que es perjudicial, absteniéndose de todos los alimentos inmundos, del uso, fabricación o venta de bebidas alcohólicas; del uso, manufactura o venta de tabaco en cualquiera de sus formas para consumo humano y del mal uso y tráfico de narcóticos y otras drogas (1 Cor. 3:16, 17; 6:19, 20; 9:25; 10:31; 2 Cor. 7:1; Gál. 5:17-21; 6:7, 8; 1 Ped. 2:9-12; 1 Cor. 10:1-11; Lev. 11:1-8; véanse las pp. 16, 33, 34, 205 de este Manual). 21. La iglesia no debe estar desprovista de ningún don, y la presencia del don de profecía debe ser una de las características distintivas de la iglesia remanente (1 Cor. 1:5-7; 12:1-28; Amós 3:7; Ose. 12:10, 13; Apoc. 12:17; 19:10; véanse las pp. 13, 33, 34 de este Manual). Los adventistas del séptimo día reconocen que este don se manifestó en la vida y el ministerio de la Sra. Elena de White. 22. La Biblia enseña que Dios tiene una organización eclesiástica definida. Los miembros de esta organización tienen la sagrada obligación de estar sujetos a la misma, de sostenerla lealmente y de compartir su financiación. Se los amonesta a no abandonar el acto de reunirse juntos (Mat. 16:16-18; Efe. 1:10-23; 2:19-22; 1 Cor. 14:33, 40; Tito 1:5-9; Mat. 18:15-18; 1 Cor. 12:12-28; 16:1-3; Heb. 10:25; Hech. 4:32-35; 6:1-7). 23. El bautismo por inmersión simboliza la muerte, sepultura y resurrección de Cristo, y expresa públicamente la fe en su gracia salvadora y la renuncia al pecado y al mundo, y es reconocido como condición de entrada en la feligresía de la iglesia (Mat. 3:13-17; 28:19; Hech. 2:38, 41-47; 8:35-39; 16:32, 33; 22:16; Rom. 6:1-11; Gál. 3:27; Col. 3:1-3, véanse las pp. 29, 33, 34 de este Manual). 24. La ceremonia de la Cena del Señor conmemora la muerte del Salvador; y la participación de los miembros del cuerpo en ella es esencial para el crecimiento y el compañerismo cristiano. Debe estar precedida por el rito del lavamiento de los pies, el cual es una preparación para la solemne ceremonia de la Cena (Mat. 26:26-29; 1 Cor. 11:23-26; Juan 6:48-56; 25. En la vida cristiana hay una completa separación de las prácticas del mundo, tales como los juegos de naipes, la asistencia a los teatros y cinematógrafos, a bailes, etc., que tienden a amortecer y destruir la vida espiritual (2 Cor. 6:15-18; 1 Juan 2:15-17; Sant. 4:4; 2 Tim. 2:19-22; Efe. 5:8-11; Col. 3:5-10; véanse las pp. 184-193 de este Manual). 26. Dios nos habla a través del estudio de su Palabra, impartiéndonos luz y fuerza; y por medio de la oración, el alma se une con Dios. Estos son medios ordenados por Dios para que alcancemos la victoria en la lucha contra el pecado y para que desarrollemos el carácter cristiano (Sal. 19:7, 8; 119:130; Juan 6:63; 17:17; 1 Ped. 2:2; 1 Tes. 5:17; Luc. 18:1; Sal. 55:17;Isa. 50:4). 27. Todos los miembros de iglesia tienen la sagrada obligación, impuesta por Jesús, de usar sus talentos en la obra personal de salvar almas para ayudar a llevar el evangelio a todo el mundo. Cuando esta obra se termine, Jesús vendrá (Mat. 25:14-29; 28:18-20; Apoc. 22:17; Isa. 43:10-12; 2 Cor. 5:17-20; Rom. 10:13-15; Mat. 24:14). 28. Según el proceder permanente de Dios con los seres humanos, de advertirles acerca de los acontecimientos futuros que afectan vitalmente su destino, ordenó que se proclame el inminente regreso de Cristo. Este mensaje preparatorio está simbolizado por los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14, y tiene su cumplimiento en el Gran Movimiento Adventista de nuestros días. Esto dio origen al pueblo remanente, o sea, la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús (Amós 3:7; Mat. 24:29-34; Apoc. 14:6-10; Sof. 3:13; Miq.4:7, 8; Apoc. 14:12; Isa. 26:2; Apoc. 22:14). |




