14 de marzo de 2009 Frente al Altar
ORDEN SUGERENTE DEL CULTO Preludio Musical Entrada a la Plataforma Doxología Invocación Diezmos y Ofrendas Himno Ofrendas Oración de Dedicación de los Diezmos y Ofrendas Himno de Alabanza Oración Intercesora Adoración Infantil: Más son los que están con nosotros Parte Especial SERMÓN – Frente al Altar Himno Congregacional Bendición Final Clausura
Adoración Infantil “Más son los que están con nosotros…”Texto de Referencia: II Reyes 6: 8–23 El Rey de Siria había declarado guerra a Israel. Sin embargo algo muy extraño estaba sucediendo en el campamento del ejército sirio. Cada vez que se planeaba un ataque al rey de Israel, éste se enteraba y se preparaba para la ocasión. Lo peor era que no ocurrió sólo una vez. La situación se volvió intolerable. El rey de Siria estaba seguro de que había un traidor en su campamento. Entonces, convocó a sus oficiales y con mucha irritación exigió que dijeran quién era el espía de Israel. Entonces uno de sus hombres le explicó que no había traidor entre las tropas del ejército, lo que sucedía era que Eliseo, el profeta de Israel, era quién le comunicaba a su rey todas las estrategias que ellos trazaban. - Si es Eliseo quien está estropeando mis planes, pensó el rey, entonces es muy fácil. Iremos durante la noche, cercaremos la ciudad de Dotán y apresaremos al profeta. El rey entonces mandó preparar los caballos, carros, y un gran ejército a fin de ir a Dotán y capturar a Eliseo. Temprano en la mañana, cuando el siervo de Eliseo se levantó y miró a través del muro de la ciudad, vio que estaban cercados por el ejército sirio. Eran muchos caballos y carros de guerra. El siervo tuvo miedo. Salió corriendo y avisó a Eliseo que se encontraban en peligro. Para su sorpresa, Eliseo estaba muy tranquilo. Él era un hombre que confiaba mucho en Dios. Nada lo hacía temer. Eliseo dijo al siervo que no necesitaba tener miedo, porque más eran los que estaban con ellos, que todo el ejército del rey de Siria. El joven no entendió nada. No había un ejército en Dotán para pelear contra los enemigos. Él imaginó que tal vez Eliseo tenía un ejército secreto. Eliseo entonces oró diciendo: “¡Señor, te pido que le abras los ojos, para que vea!”(2 Reyes 6:17). Dios respondió la oración de Eliseo inmediatamente. Cuando el muchacho nuevamente abrió sus ojos pudo contemplar lo que el profeta había estado viendo todo el tiempo: Un ejército de ángeles con sus carros de fuego. Eliseo hizo un pedido más a Dios. Pidió que hiriera de ceguera al ejército. Inmediatamente todos los soldados perdieron la visión y quedaron tambaleándose sin saber a dónde estaban yendo. Eliseo lleno de valentía, se aproximó a los comandantes del ejército sirio y los invitó a seguirlo, pues él conocía el camino. Los llevó a la capital, Samaria, y una vez más oró, pidiendo en esta ocasión que Dios les devolviera la vista. Cuando ellos se dieron cuenta que estaban dentro de los muros de la ciudad, tuvieron mucho miedo. Pero Eliseo, en vez de permitir que los mataran, pidió que a los prisioneros les dieran alimentos y agua para que coman y beban y vuelvan a su país. El plan de Eliseo dio resultado. La Biblia dice que nunca más entraron tropas de sirios en la tierra de Israel. Es muy bueno tener la protección del ejército de los ángeles de Dios. La Biblia dice: “El ángel de Jehová acampa en derredor de los que le temen y los defiende.” (Salmo 34:7). Debemos agradecer a Dios cada día por los ángeles que nos protegen y nos libran de peligros. Además, pidamos que Dios nos ayude a hacer siempre el bien, aunque las personas tengan malas intenciones contra nosotros. Esta historia nos muestra una lección muy importante: no importa el tamaño de nuestros problemas. No necesitamos temer. Basta pedir a Dios con fe y confianza que él va a mostrarnos cuán protegidos estamos. Además, Él nos dará la victoria en forma maravillosa. Vamos a arrodillarnos y agradecer a Dios por los ángeles que cuidan de nosotros y pedir que Él nos muestre cómo vencer al enemigo. Ore con los niños. Sugerencia: Necesitará: 2 ó 3 hojas de papel A4 colocadas una sobre la otra, cola de pegar. Copie el molde en la extremidad derecha de la hoja. Doble por la línea punteada. Mientras cuenta la historia, doble el papel en forma de acordeón cuidando que el molde quede en la parte de arriba y recorte bien despacio el contorno de los ángeles. Al terminar desdoble las figuras y muestre a los niños. Sermón Frente al altar
Texto: I Samuel capítulo 1INTRODUCCIÓN Sammy Tippit describe la oración como “la mayor aventura en la cual un hombre se puede embarcar”. Una segunda acepción de Tippit, “la oración tiene la habilidad de elevar los más profundos pensamientos del hombre hasta el Creador. Al mismo tiempo, la oración trae la naturaleza, el carácter y los propósitos de Dios al corazón del hombre. La oración puede proyectar y cambiar el curso de la historia humana. También puede calmar el corazón en medio del rugir de una tempestad y renovar al siervo del Señor, cansado de las batallas de la vida. La oración abre las posibilidades de todo lo que el cielo puede ofrecer al hombre”. (O FatorOração, Sammy Tippit, Pág. 37) [El Factor Oración, Sammy Tippit] La Biblia nos cuenta la historia de una mujer que encontró la solución para sus problemas, al derramar su corazón a Dios frente al altar a través de una oración sincera. En esta oportunidad vamos a estudiar y extraer lecciones de este texto bíblico. 1. NACIDA PARA SER FELIZ ¡Lindo! Aquel bebé era realmente lindo. Sus ojitos transmitían mucha delicadeza. Su mirada era tierna y gentil. Sí… ella debería llamarse Ana (afable). La niña nació en un hogar sencillo y creció protegida por el cariño de los padres. Era dócil, tranquila y amorosa. Le gustaba simpatizar y sonreír con las personas. Fue enseñada por la familia a reverenciar el nombre de Dios y a amarlo, y que Jehová es un Dios que cumple sus promesas. Creció oyendo las historias sobre un Dios que respondía las oraciones de sus antepasados y que realizaba grande milagros como el nacimiento de Isaac, la liberación del pueblo de Dios del cautiverio de Egipto, el cruce del Mar Rojo, y la destrucción de los muros de Jericó… A Ana le gustaba mucho ir al Templo en Silo. Su corazón se henchía de una alegría intensa cuando oía hablar del nacimiento del Mesías, aquel que vendría para reinar en medio del pueblo de Israel. Al oír los himnos entonados por los cantores, sus pensamientos divagaban. “Feliz” – ella pensaba si sería – “la virgen escogida para ser la madre del Salvador”. II. CONSTRUYENDO UN HOGAR FELIZ Un día, un bello muchacho vio a Ana y se apasionó. La mirada tierna y su sonrisa sincera cautivaron los más puros sentimiento del corazón de aquel joven. Su nombre, Elcana. Un levita de la región de Efraín. Elcana era “un hombre rico y de mucha influencia, que amaba y temía al Señor”. (Patriarcas y Profetas, E. G. White,614). Algún tiempo después de conocerse, se casaron. Elcana y Ana formaban un matrimonio feliz. Ella era piadosa, alegre, de buen humor. Estaba constantemente con una sonrisa en los labios. Elcana, por su parte, era un hombre sensible, cortés, temeroso de Dios. Al final de cada tarde hacían planes para el futuro. Querían oír voces infantiles que alegraran su hogar. Les gustaba conversar sobre sus futuros hijos, como los educarían, a quien se parecerían, cuáles serían sus nombres. Mientras tanto los días se transformaron en meses y los meses en años, y la bendición de la paternidad no les era concedida. III. DE LA ALEGRÍA PARA LA TRISTEZA Ana ya no sonreía como antes. Una nubecita de tristeza podía ser vista en sus ojos cariñosos y afables. Elcana en busca de la realización de la paternidad contrae un nuevo matrimonio. Pero lejos de traer la alegría esperada, esa decisión trajo más amargura y tristeza al corazón de su esposa. Peninna y Elcana tuvieron varios hijos. Sin embargo la alegría no vino con la llegada de los bebecitos. Elena G.de White escribió, “Peninna, la nueva esposa era celosa e intolerante, y se conducía con orgullo e insolencia”. (Patriarcasy Profetas, E. G. White, 614). Ana representa a cada uno de nosotros con nuestras frustraciones, decepciones y tristezas. Representa a aquellos que son incomprendidos, perseguidos, frustrados. Aquellos cuyos sueños se van como castillos construidos en la orilla del mar. Ana parecía estar con la esperanza destruida. Su vida se tornó pesada. Pero no flaqueó, no ofendió a su familia, no culpó a su esposo. Es común murmurar contra la persona que está más cerca de nosotros. Sin embargo Ana enfrentó la provocación con mansedumbre y fe. IV. FRENTE AL ALTAR La forma como nos comportamos frente al sufrimiento nos ayudará a visualizar la victoria con más nitidez. La familia de Elcana subió una vez más a Silo para adorar y hacer sacrificios al Señor (v.3). Ana acompañó a la familia llevando en su corazón toda su tristeza. Cuantas veces hizo ese recorrido con corazón alegre, con un cántico en sus labios… Pero ahora siempre que subían a la casa del Señor, Peninna la irritaba, por lo que lloraba y no comía. (v. 5,6 y 7). A semejanza de ella algunos van a la presencia del Señor chasqueados, con lágrimas a derramar su corazón, lágrimas que solamente Jesús es capaz de enjugar. Vamos y volvemos de la presencia del Señor con los mismos sentimientos, con las mismas tragedias. En aquel año, Ana tomó una resolución. Dejaría de llorar por su suerte y colocaría en práctica su fe. ¿No había escuchado ella desde la infancia los milagros realizados por el gran Jehová? ¿No había abierto él la matriz de Sara dándole un hijo en la vejez? Ana se levantó. Ahí está el secreto. Levantarnos de donde estamos. La fe genera acción: levantarse y actuar. Permanecer donde estamos, haciendo siempre lo que hemos hecho nos llevará al lugar donde siempre estuvimos. Ana fue a resolver su problema. No, ella no fue a lamentarse con Peninna, ni a exigir una explicación a Elcana. Esa forma de proceder no combinaba con Ana. Su lealtad, bondad y gentileza no le permitían tomar tales actitudes. Ana sabía lo que debería hacer. Se levantó y fue frente al altar. “Las mayores victorias de la iglesia de Cristo, o del cristiano en particular, no son las que se ganan mediante el talento o la educación, la riqueza o favor de los hombres. Son victorias que se alcanzan en la cámara de audiencia con Dios, cuando la fe fervorosa y agonizante se ase del poderoso brazo de la omnipotencia” (Patriarcas y Profetas, E. G. White,201,202). “Ana se levantó y con amargura de alma, oró al Señor, y lloró abundantemente…” (v.10). Es frente al altar donde debemos lavar nuestra alma. Solamente Dios puede entender nuestro sufrimiento, nuestra tragedia, nuestro dolor. Solamente aquel que vio a su hijo pendiendo de la cruz, puede entender verdaderamente el sufrimiento de una madre o de un padre que pierde a su hijo trágicamente. Solamente aquel que fue rechazado por los suyos, conoce el dolor de un rechazo. Solamente aquel que fue traicionado, sabe lo que es el dolor de una traición. Solamente aquel que fue calumniado, sabe lo que es ser mirado en forma despectiva por los más cercanos. Ana fue delante del altar y allí ella entregó en las manos del Padre sus lágrimas para que Él las transforme en sonrisas, entregó sus tragedias para que las transforme en victorias, entregó sus tristezas para que sean transformadas en alegrías. Es interesante que estando delante de Dios Ana fue mal interpretada. Elí, el Sumo Sacerdote, observando el movimiento de los labios consideró que estaba ebria. Interpretó en forma errónea sus lágrimas… Así es con nosotros. ¿Cuántas veces somos interpretados en nuestra angustia como algo de menor importancia? ¿Cuántas veces nos sentimos solos tomando el cáliz amargo de las desilusiones? ¿Cuántas veces gritamos solamente para oír el eco de nuestra angustia vibrando en las montañas heladas de la indiferencia? ¿Cuántas veces buscamos una sonrisa y recibimos el desdén? ¿Cuántas noches lloramos solas el dolor de la traición cuando nuestro cónyuge duerme y sueña sueños que no compartimos? ¿Cuántas veces miramos para la multitud a nuestro alrededor y sentimos como si estuviéramos en un desierto árido y sin vida el cual nos sofoca y oprime? ¿Cuál es nuestra actitud? Nos enojamos, no vamos más a la iglesia, agredimos a las personas? Ana era afable, gentil. Una mujer que conocía la inclinación del corazón de Dios. Sabía que la victoria viene como resultado de doblar las rodillas. No se ofendió. El dolor que sentía era mucho más intenso que las palabras de Elí. Oprimida y sorprendida se limitó a explicar amablemente su sufrimiento (v. 15 y 16). V. LA VICTORIA DE LA ORACIÓN Elí, profundamente conmovido, profiere la bendición que Ana había ido a buscar: “Vete en paz: El Dios de Israel te conceda la petición que le has hecho” (v. 17). El sacerdote fue inspirado por el Espíritu Santo para indicar la aprobación divina. Ahora Ana vuelve junto a los suyos, es una nueva mujer. Estuvo frente al altar, en la presencia del Altísimo. Escuchó su aprobación. Se sentía libre, feliz. La paz reinaba en su corazón. Las provocaciones de Peninna no la irritaban más, ya no la hacían sufrir. Había dejado su caso en las manos de Dios. Tenía la seguridad que Él estaba disponiendo los medios para el cumplimiento de su promesa. La oración de Ana fue contestada; recibió el regalo por el cual tan fervorosamente había rogado. Su hijo nació. Ana lo miró tiernamente y lo llamó Samuel – “pedido a Dios”. VI. COMPARTIENDO LA BENDICIÓN Al recibir de Dios la recompensa de su fe, Ana no mantuvo a su hijo junto a sí. Recibió su bendición. Cumpliría su voto. Lo llevaría a vivir en el tabernáculo con el sacerdote Elí. Toda la nación sería beneficiada, pues él sería un gran hombre de Dios. “Grandes sacrificios siempre acompañan grandes misiones” (R.N. Champlin). Con Ana y Samuel no fue diferente.“Una vez más Ana hizo el viaje a Silo con su esposo, y presentó al sacerdote, en nombre de Dios, su precioso don, diciendo: “Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo pues le devuelvo también a Jehová: todos los días que viviere será de Jehová.” (Patriarcas y Profetas, E. G. White, 616). Samuel fue un gran juez y sacerdote de Israel. Fue usado por Dios en diversos momentos importantes de la historia de su pueblo. CONCLUSIÓN Ana no quedó sola. Dios le dio más hijos (I Sam. 2:21). Dios quitó el oprobio de Ana. Ella no sería más importunada por su rival. Tenía el amor de su esposo. Podía oír las voces infantiles de sus cinco hijos nacidos después de haber dejado a Samuel en el tabernáculo. La angustia, el dolor, la tristeza, el llanto no existían más en su corazón. “El cristiano puede afrontar las puertas del infierno, si ya estuvo frente al altar de los cielos” (El factor Oración, S.Tippit, 30). Cuando el temor y la amenaza nos asalten, necesitamos simplemente, correr a los brazos del Padre y derramar nuestras súplicas frente al altar. “Ninguna oración sincera se pierde. En medio de las antífonas del coro celestial, Dios oye los clamores del más débil de los seres humanos. Derramamos los deseos de nuestro corazón en nuestra cámara secreta, expresamos una oración mientras andamos por el camino, y nuestras palabras llegan al trono del Monarca del universo. Pueden ser inaudibles para todo oído humano, pero no morirán en el silencio, ni serán olvidadas a causa de las actividades y ocupaciones que se efectúan. Nada puede ahogar el deseo del alma. Éste se eleva por encima del ruido de la calle, por encima de la confusión de la multitud, y llega a las cortes del cielo. Es a Dios a quien hablamos, y nuestra oración es escuchada.” (Palabras de vida del Gran Maestro, 137, 138). LLAMADO Ana estaba con un problema. En forma semejante, cada uno de nosotros aquí presente en esta mañana, tenemos nuestro problema. Como Ana, nos basta ir frente al altar y depositarlo a los pies del gran el Shadday – El Dios Todopoderoso. Necesitamos restaurar el altar de Dios en nuestra vida, en nuestros hogares, para crecer en nuestra comunión con Cristo. Esa comunión resultará en bendiciones, las cuales usaremos para cumplir la misión, para preparar el camino para aquel que ha de venir. La bendición de Ana (Samuel) fue importante para el cumplimiento de la misión del pueblo de Israel como nación escogida. Invito a cada persona aquí presente a depositar frente al altar de Dios sus peticiones. No sé cuál es su clamor en esta mañana. No sé lo que hay en lo más profundo de su corazón. Pero “yo sé que mi Redentor vive…” (Job 19:25). Nuestro Dios provee todo lo que nosotros, su pueblo necesitamos (Gén.22:8), y sana todas nuestras dolencias y heridas (Éxodo 15:26). Su palabra siempre se cumplirá en nuestra vida. Deja en sus manos tus problemas y “vete en paz, y el Dios de Israel te conceda la petición que le has hecho” (I Sam.1:17). ¡Amén!
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